Discurso de Anne Grillo en la conmemoración del Centenario del Armisticio de 1918 [fr]

Discurso de la Embajadora Anne Grillo con motivo de la celebración del Centenario del Armisticio de 1918 organizado en colaboración con la Embajada de Gran Bretaña y de Estados Unidos en el Casino del Campo Marte.

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Señoras y señores, mesdames et messieurs, queridos amigos:

Hace cien años a las 11:00 horas, el 11 de noviembre de 1918, las armas callaron. La Gran Guerra llegaba a su fin. El armisticio se firmaba en Rethondes, cerca de Compiègne. A más de nueve mil kilometros de México que había optado por la neutralidad, enfrentando por su parte las convulsiones de su revolución y de su propia historia. Pero en aquel momento, los franceses de México, al unísono de todos los franceses, sintieron la alegría por supuesto, pero también el silencio ensordecedor de sus muertos. Padres, hijos, hermanos. Ayer por la noche, como cada año, recordamos sus nombres en el panteón francés de la Piedad al sur de México. Muchos de ellos eran muy jóvenes. Sus sueños quedaron destrozados en las trincheras, bajo los gases tóxicos, torturados por el miedo y el frío, al lado de sus compañeros de armas que venían de África, Asia y Oceanía, al lado de nuestros aliados, y de los amigos “poilus” mexicanos. No se sabe mucho al respecto, pero cerca de 1300 mexicanos participaron en este conflicto. Otros regresaron mutilados, con sus “gueules cassées”, para siempre.

¿Por qué acordarse de ellos, de estos soldados, de estos civiles en el frente y en la retaguardia? ¿Por qué acordarse, cada 11 de noviembre, de todos aquellos que murieron por Francia, como ya es costumbre en nuestro país desde 2012?

En primer lugar para darles las gracias y expresar nuestro profundo reconocimiento. Es la deuda de los vivos con respecto a los que nos permitieron, y a los que nos permiten aún, vivir libres y en paz.

Y luego para preguntarnos, después de todo lo sucedido en este siglo, sobre lo que queremos para nuestro porvenir y el de nuestros hijos.

Georges Clémenceau, el “padre de la victoria” a quien se rinde un homenaje particular este año en Francia, decía: “il est plus facile de faire la guerre que la paix ““es más fácil hacer la guerra que la paz”. Sin embargo, la paz, logramos hacerla. El número de guerras disminuyó desde el final de la guerra fría en el mundo. Y, no obstante, persiste el sentimiento angustiante de un mundo cada vez más conflictivo: guerra civil, guerra tecnológica, guerra comercial, guerra contra grupos terroristas u organizaciones criminales. Debemos analizar cuán frágil es la paz: no es necesario esperar a que se vaya para preservarla, sino hacer que permanezca como nuestro destino común.
¿Y bajo qué condiciones podemos actuar juntos? Veo cuatro que me parecen esenciales.

Primero, debemos respetar las instituciones de paz, con las cuales se ha dotado la comunidad internacional y que nos protegen. Los lugares en donde uno se habla, son lugares en donde no se hace la guerra. La idea de las Naciones Unidas germinó sobre los millones de muertos de la Gran Guerra, con la Sociedad de Naciones que se convirtió en la Organización de las Naciones Unidas. Algunos se preguntan hoy día sobre sus limites mucho menos sobre sus éxitos: sobre el centenar de conflictos que se han podido detener durante los últimos treinta años, la mayoría se logró bajo los auspicios de la ONU. Me gustaría citar uno de estos ellos, para cuyo éxito participaron diplomáticos mexicanos y franceses: los acuerdos de paz de Chapultepec, firmados muy cerca de aquí en 1992. Estos acuerdos pusieron fin a la guerra civil en El Salvador. Once años antes, Francia y México habían apelado por una resolución negociada de este conflicto.

Segundo, debemos trabajar sin descanso para construir un mundo más justo y más dispuesto a compartir. Las desigualdades y la pobreza no son sistemáticamente el caldo de cultivo de las guerras y los conflictos, pero los fomentan. Esto fue lo que condujo a la comunidad internacional, hace tres años, a ponerse de acuerdo sobre diecisiete objetivos de desarrollo para transformar el mundo. El más innovador en este planteamiento es que todos los Estados, pobres, ricos, con ingresos intermedios, aceptaron rendir cuentas, ante las instituciones internacionales y ante sus pueblos, de las políticas implementadas para lograr estos objetivos en su país. Una obra enorme, se podría decir. Sí enorme, posible e indispensable.

La tercera condición: tomarse el tiempo para reflexionar sobre lo que nos une y lo que queremos construir como mundo. En su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el pasado mes de septiembre, el Presidente de la República habló de “la oportunidad de hacer un esfuerzo renovado de inteligencia y de valor para encontrar lo que nos tiene aquí juntos” y “de asumir juntos las nuevas responsabilidades para trazar el camino de acciones concretas al servicio de la paz”. Este es el objetivo del Foro de París sobre la Paz que se abre el día de hoy.

Durante dos días, investigadores, empresas, asociaciones, políticos, diplomáticos, van a debatir y compartir ideas que puedan contribuir a una globalización más justa y más equilibrada, a un sistema multilateral más eficaz, al servicio de la Paz. México estará presente, a la vez por su participación en el Comité de Expertos que apoyan esta iniciativa inédita ─a través de la ONG México Evalúa─, y por la presentación de proyectos defendidos por asociaciones mexicanas. Esto es importante. México tiene una voz respetada que debe hacerse escuchar en la escena internacional; y es un país que debe seguir siendo un actor comprometido en favor de la paz, la seguridad y el desarrollo, hoy más que nunca.

Por último, cada uno de nosotros -en el papel que a cada uno corresponde- debe asumir la responsabilidad de transmitir esta memoria colectiva y estos valores de paz : ya sea que representemos un país, o como ciudadanos, padres, miembros de asociaciones ─ quiero celebrar aquí el trabajo excepcional de las asociaciones patrióticas francesas, de las asociaciones que participan en la vida de nuestra comunidad, de nuestros consejeros electos, de nuestras escuelas. Si no transmitimos estos valores, ¿quién lo hará?

Señoras y señores, queridos amigos, porque soy francesa y europea, creo en la resiliencia de los pueblos. La Unión Europea nació de la destrucción de los pueblos y de dos conflictos mundiales atroces. Desde su creación, ninguno de sus países miembros se han vuelto a hacer la guerra. Esta victoria silenciosa, es necesario recordárnosla con fuerza en estos tiempos de dudas, de repliegue sobre uno mismo, de resurgimiento de nacionalismos. La paz europea ha sido duradera porque se ha basado en la solidaridad y la ayuda mutua. Es cierto que tenemos retos dentro de la Unión Europea. Pero contamos con instituciones sólidas que nos obligan a hablarnos. Por ello, ya no nos peleamos.

Finalmente de esta Gran Guerra, y de la segunda Guerra Mundial, nació algo excepcional: una amistad singular, única, profunda entre Francia y Alemania. Dos enemigos de ayer, aliados hoy para toda la vida. El camino ha sido largo: además de una fuerte determinación política, fue necesario hablarse, escucharse, perdonarse. Todo es posible en materia de reconciliación entre los pueblos y al interior de los pueblos.

Y es con este mensaje de esperanza que deseo concluir.

Dernière modification : 14/11/2018

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