Conferencia de los embajadores - Discurso de clausura de Jean-Yves Le Drian, ministro para Europa y de Asuntos Exteriores (29 de agosto de 2019)

Discurso de clausura de Jean-Yves Le Drian, ministro para Europa y de Asuntos Exteriores
Cierre de la Conferencia de Embajadoras y Embajadores 2019

Ministerio para Europa y de Asuntos Exteriores, París
29 de agosto de 2019

- Versión francesa

Señora Secretaria de Estado, querida Amélie,
Señor Secretario de Estado, querido Jean-Baptiste,
Señora y señores Presidentes de las Comisiones Parlamentarias,
Señoras y señores Ministros,
Señoras y señores Diputados,
Señor Secretario General, querido François Delattre, para usted es la primera vez como secretario general, aunque sea un habitual desde hace años,
Señoras y señores Embajadores,
Señoras y señores,

A menudo se dice –yo mismo lo he dicho alguna vez– que vivimos una época caracterizada por la incertidumbre y la imprevisibilidad. Sin embargo, he llegado a la conclusión de que, al menos en una cosa, sabemos a qué atenernos: en los objetivos de nuestros socios, de nuestros adversarios, de nuestros aliados, de nuestros competidores. Basta con prestar atención a lo que dicen y observar lo que hacen.

Basta con ver el mundo tal y como es para entrever el mundo que se está gestando, para adivinar por dónde se abren fallas e identificar oportunidades y amenazas.

Hoy en día resulta imprescindible esforzarse en ser lúcido. En el ámbito de las relaciones internacionales, las costumbres, la certidumbre, lo evidente suelen ser malos consejeros. Y como cualquier discurso que se precie debe incluir citas, no seré yo quien se prive de ellas; los hay que citan más que otros, yo soy menos leído.

Querría citar a Thomas Schelling que, en 1962, en el prefacio de una gran obra sobre Pearl Harbour, escribió sobre las evidencias, que muchas veces suelen ser malas consejeras. Evidentemente, el escrito es posterior a Pearl Harbour y venía a decir que, en nuestros planes, tendemos a considerar improbable aquello que no nos es familiar. La posibilidad que no hemos considerado seriamente nos parece extraña; aquello que parece extraño se considera improbable; y aquello que es improbable no necesita ser considerado seriamente.

Considerar el mundo tal y como es, «considerarlo con seriedad», no sólo para interpretarlo, sino para intentar transformarlo, considerar el mundo con seriedad significa ver el giro que ha dado a raíz de tres grandes tendencias que ponen en peligro nuestros intereses y nuestros valores.

Las grandes potencias parecen resueltas a convertir Europa en su terreno de juego.
Sabemos bien que el sistema multilateral está siendo blanco de ataques sin precedentes.

En cuanto a la gran competición mundial en la que estamos sumidos, está adoptando ya formas inéditas y se juega en nuevos campos.
Consolidar la unidad de Europa y desencadenar su despertar estratégico, defender el multilateralismo para evitar cualquier deriva de la competición sin reglas y hallar soluciones colectivas a los grandes desafíos actuales y mostrar que las democracias son suficientemente fuertes como para librar batallas nuevas, como la de la influencia; estas son las tres inmensas tareas que recaen en ustedes y en nosotros.

Esta labor exige de nosotros que sepamos servirnos de las relaciones de fuerzas cada vez que sea necesario, sin transigir nunca en lo que ataña a nuestros principios: respeto del derecho internacional; promoción de los derechos humanos; apuesta por el diálogo, la cooperación y la solidaridad. Porque dar la espalda a dichos principios, dejarnos llevar por la reinante ola de cinismo y egoísmo, significaría renunciar a lo que somos, renunciar a defender la voz de Francia en el mundo y acabar perdiendo nuestra alma.

A mi entender, esta exigencia, este desafío, resumen bastante bien el sentido que tiene la diplomacia que debemos ejercer juntos bajo la autoridad del presidente de la República Francesa. Antes de hablarles brevemente del Ministerio y de las transformaciones internas en las que querría avanzar, desearía recordarles nuestras prioridades y el método que debemos seguir en cada una de estas cuestiones capitales.

Empezaré por Europa, porque estoy convencido de que si debemos considerar el mundo con seriedad debemos hacerlo como europeos y si debemos actuar en él, debemos hacerlo con nuestros socios europeos.

En nombre de este convencimiento, desde aquí, lucho a diario por Europa con el apoyo de Amélie de Montchalin.

El 11 de noviembre del año pasado celebramos con toda la solemnidad que debíamos el final de la Primera Guerra Mundial en la Europa occidental. Cabe recordar que mucho después de que se firmara el armisticio de Rethondes la guerra siguió azotando el este de Europa.

Este año, otros aniversarios, siniestros o exaltantes, nos recuerdan el largo camino que tuvo que seguir recorriendo nuestro continente para arrancar a las tragedias de la historia la fuerza necesaria para reunificarse y convertirse por fin en lo que realmente es. Estos aniversarios también deben recordarnos el precio, y también la fragilidad, de aquello que hemos sabido construir y nunca debemos dejar de proteger.

Permitan que les recuerde brevemente algunas fechas. El 23 de agosto de 1939, hace ochenta años, Ribbentrop y Molotov, en nombre de la Alemania nazi y de la URSS, firmaban un pacto para repartir entre ambas potencias gran parte de nuestro continente. Exactamente cincuenta años después –y no fue fruto del azar–, el 23 de agosto de 1989, estamos ahora en agosto de 2019, en los países bálticos, unos dos millones de personas formaron una inmensa cadena humana para expresar su deseo de independencia. Ese mismo verano, en Polonia y en Hungría se levantaron vientos de libertad que culminaron con la caída del Muro de Berlín en noviembre de ese mismo año, 1989. Un año después, tras la reunificación alemana, la firma de la Carta de París para una Nueva Europa abrió la vía a la edificación de una nueva arquitectura de seguridad, que incluía a Rusia. Retomaré esto más tarde. Hace treinta años de todo esto.

Estos momentos clave del siglo XX nos permiten ser conscientes del valor que tiene una Europa reunificada, democrática y libre. A veces las palabras engañan. En realidad, lo que denominamos «reunificación de Alemania», lo que después denominamos «ampliación de la Unión Europea», es una única y misma cosa: la reunificación de Europa consigo misma, con su geografía y con su historia.
Esta Europa por fin unida, que nos equivocaríamos en tomar por un refugio desde el cual contemplar el mundo sin sufrir sus sobresaltos, esta Europa por fin unida que en realidad no tiene sentido más que cuando actúa y se mueve, nunca antes había sido tan necesaria y nunca antes, quizás, había estado tan claramente en entredicho.

Y porque no podemos seguir construyendo adecuadamente si no conocemos nuestra historia, toda nuestra historia, deseo que el próximo año reflexionemos juntos sobre aquel giro de 1989/1990, sobre lo que significó, sobre lo que significa en relación con quién somos. Por ello, señor secretario general, deseo que, junto con el director político, el director del Archivo y el Centro de Análisis, Previsión y Estrategia, puedan formularnos propuestas que vayan en este sentido para este otoño y para 2020 con el fin de recuperar tanto el espíritu y el sentido de Helsinki, como el espíritu y el sentido de 1989 y el espíritu y el sentido de la Carta de París.

El pasado mes de mayo tuvieron lugar unos comicios decisivos para el futuro de la Unión Europea. Evitamos el peor de los escenarios. Aunque las fuerzas antieuropeas distan mucho de haber dejado las armas, Europa ha resistido. No asistimos a una ola populista como se anunció que sucedería. Los partidos proeuropeos se movilizaron y, en general, resistieron bien. El hecho de que la participación aumentara demuestra que nuestros conciudadanos han tomado conciencia de lo que está en juego.

En el contexto de la recomposición de las instituciones europeas, Francia va a poder acrecentar su influencia en Europa. Se ha definido una nueva agenda estratégica afín a nuestras visiones. Marca el rumbo que se debe seguir en todas las cuestiones fundamentales: protección del clima, Europa social, política de competencia, política industrial, gestión de las fronteras, proyección de Europa en el mundo. Tenemos la oportunidad de hacer frente a los desafíos de la Unión Europea junto a nuestros socios.

Estos desafíos –ya oyeron al presidente de la República Francesa el pasado martes– se resumen en una ambición, una ambición a largo plazo pero a la que debemos entregarnos ya: construir una verdadera soberanía europea que, en esta época turbulenta, nos permita defender aquello que encarna la singularidad del continente, ese humanismo europeo, fundamentado en una forma de pensar el mundo única, en un apego a las libertades fundamentales y en una relación muy particular con la cultura y el pensamiento. Un humanismo que, y lo creo profundamente, nos da preciosos puntos de referencia desde los cuales enfrentarnos a los cambios tecnológicos y las amenazas que pesan sobre nuestro entorno.

Esta soberanía europea que defiende el presidente de la República Francesa contribuye al mismo tiempo a reforzar el control pleno de nuestra propia nación sobre su destino, manteniendo a la vez su apertura. Esta soberanía europea debe traducirse en varias realidades y la primera de ellas es una respuesta común al desafío migratorio.

Ya no estamos como en 2015 ó 2016, en el punto álgido de la crisis. Buena prueba de ello es que han disminuido los flujos migratorios.
Pero la cuestión no está superada ni mucho menos, sigue habiendo dramas humanos. Sigue habiendo personas que mueren en su intento de llegar a Europa, como nos recuerda la presencia de barcos de ONG en el Mediterráneo. Y sigue siendo una cuestión de suma importancia del debate europeo.

Porque la defensa de nuestros valores y nuestros principios, que nos obligan a acoger a las personas que necesitan protección y a las que solicitan asilo, es central en nuestra acción y debe seguir siendo así. Pero esto supone luchar en paralelo y decididamente contra la inmigración ilegal, los traficantes de migrantes, los que tienen inquilinos en condiciones infrahumanas y todos aquellos que sacan beneficio de la miseria humana.

No habrá una respuesta realmente europea ni, a decir verdad, una verdadera respuesta, si no conseguimos ponernos de acuerdo con nuestros socios sobre una política fundamentada en el respeto del equilibrio entre responsabilidad y solidaridad. Debemos instaurar un mecanismo de salvamento marítimo y desembarco eficaz, armonizar por fin nuestra política de asilo y garantizar que el regreso y la readmisión de los que no pueden quedarse se hagan en condiciones dignas. Y esto sólo podemos hacerlo juntos. Y debemos conseguirlo en nombre mismo del espacio Schengen, un bien sumamente precioso, cuya existencia misma se verá de lo contrario amenazada por aquellos que, actuando como la Casandra mitológica, no buscan sino desbaratar Europa.

Hacer frente a los desafíos migratorios también supone mantener un diálogo firme con los países del sur, un diálogo exigente, pero que respete el espíritu de cooperación que preside nuestras relaciones con ellos. Para ello debemos articular mejor nuestra ayuda al desarrollo, que está aumentando sustancialmente –como veremos más adelante, con los retos migratorios.

El segundo desafío de la construcción de una soberanía europea que nos exige actuar es la Europa de la defensa. El presidente de la República Francesa habló largamente sobre ello el pasado martes. Reposa en tres pilares:
- los nuevos instrumentos de los que se ha dotado la Unión Europea, en especial el Fondo Europeo de Defensa y la cooperación estructurada permanente, por los que Francia ha trabajado tanto;
- las distintas formas de cooperación de defensa en Europa, como son por ejemplo la Iniciativa Europea de Compromiso Estratégico, cuyos países desfilaron por primera vez en los Campos Elíseos el pasado 14 de julio;
- el artículo 5 y el compromiso de seguridad colectiva en la OTAN, donde los europeos deben tener más peso y asumir mejor la responsabilidad que les corresponde para seguir reforzando la postura de disuasión y de defensa de los aliados de manera equilibrada. Asumimos plenamente nuestro lugar. Porque para nosotros, «compartir la carga» no se puede comparar con la prima de un seguro, que el ciudadano paga con una lógica meramente mercantilista, sino que es un compromiso solidario colectivo.

No debemos dar por hecha esta nueva Europa de la defensa y no debemos cejar en nuestros esfuerzos. Francia debe seguir siendo una fuerza impulsora. Debemos marcarnos objetivos concretos a corto plazo en este ámbito: la implementación del Fondo Europeo de Defensa de aquí a finales de año, un marco financiero plurianual que refleje nuestro grado de ambición, el éxito de proyectos de capacidades y operacionales que deberán servir también para colmar nuestras lagunas y desarrollar los equipos del futuro, la prosecución de los esfuerzos para que resulte más sencillo invocar el artículo 42.7 del Tratado que encarna la solidaridad europea, solidaridad con la que pudimos contar a raíz de los atentados de 2015.

Los europeos también tenemos que avanzar en iniciativas concretas como la seguridad marítima en el Golfo –iniciativa en la que Francia está dispuesta a participar entre europeos– o en las operaciones que llevamos a cabo de manera conjunta en el Sahel, como se hizo en el caso de la de la Iniciativa Europea de Compromiso Estratégico.

En lo que se refiere a nuestro tercer desafío, el de la soberanía económica y tecnológica europea, hay que ser justos con la Unión Europea: poco a poco va perdiendo su inocencia e ingenuidad. Se han sentado unas primeras bases fundamentales. Me refiero en particular al mecanismo de protección de nuestras inversiones estratégicas, que es ya una realidad. Pero ahora hay que ir mucho más allá y tener arrojo, tal y como nos ha aconsejado el presidente de la República.
Europa debe seguir mostrando al mundo que es una gran potencia normativa.

Primero, porque el derecho sigue siendo el principal instrumento de regulación del orden mundial para los europeos y, segundo, porque las normas de las cuales nos dotamos en el territorio de la Unión Europea pueden servir de inspiración al resto del mundo. Esto es lo que está pasando con el RGPD, que distintos países del mundo están empezando a tomar como modelo.

Pero no basta con ser una potencia normativa. Europa también tiene que afirmarse en el ámbito industrial y tecnológico. Tengo una certeza muy clara: sin norma, la tecnología es ciega; y sin tecnología, la norma es impotente. Por tanto, Europa debe decidirse a dar un salto tecnológico e industrial masivo. Y esto es válido para el sector digital, el 5G, la inteligencia artificial, el sector espacial y para todas las grandes tecnologías de futuro. De lo contrario, Europa estará condenada a no ser más que un mercado de consumidores de servicios y de productos fabricados más allá de sus fronteras. En estas condiciones, no cabe duda de que seguirá siendo un lugar en el que se vive bien pero... ¿por cuánto tiempo? En realidad, con esta coyuntura no tardará en perder toda su capacidad para decir quién es y para escribir su propia historia.

Y para no seguir presa de la tecnología ajena, Europa debe ser una fuerza productiva que disponga de una capacidad de producción industrial propia. Ésta es una de las claves de nuestra soberanía.

Pero nuestra soberanía también pasa por afirmar una Europa que exija la reciprocidad, una Europa que se proteja contra cualquier forma de dumping, una Europa que garantice condiciones de competencia leal, una Europa que preserve las reglas del multilateralismo comercial y tenga recursos para responder al unilateralismo y la extraterritorialidad. Porque, tal y como salió a relucir en los debates de ayer y anteayer, algunas medidas extraterritoriales tomadas por países extranjeros son manifiestamente contrarias al derecho internacional y exigen que adaptemos nuestra estrategia para garantizar la soberanía europea y proteger a nuestros compatriotas y a nuestras empresas.

Mencionaba la importancia de la unidad europea: desde este punto de vista, el brexit, que es otro de los grandes desafíos a los que se enfrenta Europa actualmente, es una decepción, por supuesto, una cuestión que lamentamos amargamente.

Lo hemos dicho en reiteradas ocasiones: nunca hemos deseado que el Reino Unido se retire de la Unión Europea y deploramos su decisión. Pero es una decisión que el pueblo británico ha tomado de manera soberana y que, por tanto, debemos respetar.

Y estamos actuando en defensa de nuestros intereses y de la autonomía de la Unión Europea para tomar decisiones. No buscamos acusar o castigar a nuestros amigos británicos, hacerlo sería descabellado. Sencillamente, queremos proteger la integridad de la Unión Europea.

Esto no menoscaba en absoluto nuestro apego histórico al Reino Unido y, por supuesto, nuestra voluntad de mantener en el futuro nuestra relación bilateral. Esperamos que los británicos tengan la misma predisposición, porque resulta fundamental que preparemos juntos los diez años de los acuerdos de Lancaster House y que conservemos nuestra capacidad para trabajar juntos en la seguridad de Europa, de manera pragmática. A partir del 31 de octubre, todo estará por hacer. Nuestro interés colectivo, a un lado y otro del canal la Mancha, consistirá en no olvidar esa verdad factual, basada en nuestra geografía y en nuestra historia común: seguimos siendo europeos todos. Y las islas británicas seguirán estando siempre en el mismo lugar, en Europa.

La unidad europea de la que hablo es fundamental, porque no son pocas las crisis que exigen una respuesta europea concertada.

Empezando por la crisis de Irán. Resulta fundamental la unidad del grupo E3, que conformamos británicos, alemanes y franceses, y, de manera más general, la unidad de los europeos; fundamental para preservar el acuerdo nuclear de Viena, para reunir las condiciones necesarias para rebajar las tensiones en el Golfo, para garantizar la seguridad marítima y la libertad de navegación en el Golfo y para preparar las condiciones para que en el futuro se dé una negociación ampliada con Irán.

Nuestra baza, la baza de Francia, es nuestra capacidad para hablar con todos los actores de la región. Esto es lo que nos confiere un papel central en este asunto, tal y como hemos demostrado en Biarritz, dando muestra de agilidad y capacidad de actuación.

Nuestra actuación en la crisis iraní ilustra a la perfección el método del presidente de la República Francesa: llevar la iniciativa, realizar propuestas, sumar y construir coaliciones de influencia política en el contexto de las Naciones Unidas y el OIEA. Todo ello sin perder nunca de vista nuestros intereses: cero proliferación nuclear y balística, seguridad marítima, estabilidad en la región y cero apoyo a movimientos terroristas.

Los europeos también deben seguir realizando esfuerzos colectivos en el Sahel. En esta región vecina acecha una importante amenaza para nuestra seguridad, el terrorismo, que se nutre de la pobreza y la debilidad de los Estados y que atiza los conflictos comunitarios.

Por ello, resultaba fundamental que nuestros socios europeos respondieran a nuestra llamada para trabajar con nosotros en el ámbito del desarrollo, con la Alianza Sahel, y también en el ámbito de la seguridad, con una asociación para la estabilidad y la seguridad del Sahel que vela por ampliar el perímetro de las intervenciones de seguridad y reforzar los apoyos internacionales, asociación que se lanzó en la cumbre del G7 en Biarritz en muy estrecha colaboración con Alemania.

El tercer desafío al que debemos enfrentarnos juntos, como europeos, tal y como nos ha señalado el presidente de la República Francesa, y que también representa un desafío, entre otros, para nuestra soberanía, es la relación de Europa con Rusia.

También en este caso hay una realidad geográfica incuestionable, he hablado de ello al empezar mi discurso, una evidencia geográfica, histórica y cultural que pasamos por alto demasiado a menudo: Rusia está en Europa.

El presidente de la República Francesa detalló en su discurso del martes, y en varias ocasiones estos últimos meses, las dificultades con las que nos topamos en nuestra relación con Rusia: ataques químicos, ciberataques, intervención militar en Siria, anexión de una parte de Ucrania, violación de los tratados... ¿Acaso nos interesa esta deriva? ¿Debemos aceptarla como si fuera la fatalidad de un país que se aleja de Europa? ¡Por supuesto que no! El diálogo, un diálogo lúcido, exigente, a largo plazo, tenaz, que vele por proteger nuestros intereses y los de nuestros aliados, ése diálogo debe reforzarse y perseguir un acercamiento progresivo de Rusia con los principios europeos.

Esto motiva nuestra actuación en el Consejo de Europa, como presidencia y en estrecha colaboración con Finlandia, porque los ciudadanos rusos, como ciudadanos del vasto conjunto europeo, también tienen derecho a que se protejan los derechos que les confiere el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

En este mismo sentido va el Diálogo de Trianón, que posibilita un diálogo y un acercamiento entre nuestras sociedades. En este sentido van los vínculos económicos que mantenemos con Rusia, que respetan tanto las sanciones como nuestros intereses. Pero ¿por qué habría que seguir empujando a Rusia a los brazos de China?

Dentro de unos días viajaré a Moscú con la ministra de las Fuerzas Armadas, Florence Parly, para empezar a hablar de lo que podría volver a ser una arquitectura de seguridad y confianza. Se necesitará tiempo. Antes lo mencioné, en 2020, los treinta años de la Carta de París deben ser nuestra guía, porque me parece que, si uno se toma la molestia de volver a leerlos, los diez principios de Helsinki, que se reafirmaron en aquel momento, se ajustan muy bien a nuestra era y a la identidad europea.

Debemos lograr que la competición militar que están librando las grandes potencias justo encima de nuestras cabezas, en Europa, siga rigiéndose por instrumentos multilaterales. En efecto, el fin del Tratado INF y el riesgo de que el tratado New Start se vea abocado a lo mismo en 2021 pueden llevarnos a una situación en la que reine una ausencia total de regulación de la competición nuclear entre Estados Unidos y Rusia, inédita desde los años sesenta del siglo pasado, cuando, por otra parte, China reivindica abiertamente un desarrollo cuantitativo y cualitativo de su arsenal.

En este ámbito debemos trabajar en tres direcciones complementarias.
En primer lugar, debemos asumir los medios para defendernos y disuadir, de manera contundente pero sin escaladas.

Es necesario, porque la política del avestruz o del polizón no pueden sino acarrear la salida de Europa de la historia o, aún peor, su transformación en un terreno de juego y de enfrentamientos. Para evitarlo, debemos ser los promotores de nuestra propia seguridad. Debemos por tanto desechar la ingenuidad y el angelismo, al igual que la agresividad gratuita.

En segundo lugar, porque esto no basta, debemos hacer un ejercicio de reflexión entre europeos sobre las condiciones de los equilibrios militares y estratégicos en nuestro continente, tanto en el ámbito de las armas convencionales como en el de las nucleares, desde una lógica de reducción de los riesgos estratégicos, de reducción de la desconfianza.

Por último, partiendo de esta base, habremos de promover y construir esa nueva arquitectura de seguridad y confianza que, al final, responde a una interpretación correcta de lo que nos interesa. Vamos a entregarnos a esta considerable tarea en las próximas semanas.

Ante todos estos desafíos, como ven, Europa es método: no nos conformamos con bloquear, creamos coaliciones ad hoc para arrastrar a las instituciones, actuamos y proponemos, rechazamos divisiones ficticias. Porque, siendo lucidos, sabemos que al oeste hay populismo de la misma manera que hay democracia al este. En todas partes podemos hallar socios potenciales, socios que debemos abordar tema a tema.
Debemos redoblar esfuerzos con vistas a la presidencia francesa del Consejo de la Unión Europea en 2022 y no debemos esperar para empezar a prepararla juntos.
En el contexto actual, donde la competición mundial está descontrolada, la lucidez y el pragmatismo también nos instan a inventar un nuevo multilateralismo junto a nuestros socios.

Francia, con su historia y su condición, debe llevar la iniciativa para preservar lo que es, digámoslo claramente, el único instrumento capaz de regular la competición internacional y frenar lo que el presidente de la República llamó el martes «asalvajamiento» del mundo, citando el libro premonitorio de Thérèse Delpech que ya en 2005 nos alertaba sobre «el regreso de la barbarie en el siglo XXI». Francia debe ser una potencia de equilibrio.

Detrás de aquellos que predican el unilateralismo, los que defienden el revisionismo, también detrás de aquellos que, bajo una fachada de promoción del multilateralismo, promueven en realidad una globalización alternativa únicamente basada en sus intereses, detrás de todo esto, lo que subyace es un mundo sin dios ni ley. Sin dios, porque en él ya no se creería en las bondades de la cooperación y porque la palabra de uno no tendría valor alguno. Sin ley, porque desde el altar de una mera relación de fuerzas las normas se verían transgredidas o incluso sacrificadas.

El multilateralismo no es un dogma, tampoco es una ideología. Es un método eficaz, un método que funciona. Sin multilateralismo no hay Acuerdo de París. Sin multilateralismo no hay Convención sobre protección de la diversidad cultural de la UNESCO. Ni Fondo Mundial para salvar vidas humanas luchando contra el sida, la malaria y la tuberculosis. Ni prohibición de las armas químicas. Podría seguir con la enumeración. Nos toca centrarnos en lo que llamaría el multilateralismo probado.
Y esta afirmación no es fruto del angelismo. El multilateralismo no excluye la relación de fuerzas, no la elimina: le da un marco, normas, un marco judicial y legal.
Sí, urge reinventar el multilateralismo.

Esto no significa que descuidemos sus foros históricos. Al contrario, debemos reforzarlos y procurar ser cada vez más influyentes en ellos, pero de manera metódica. A este respecto, querría señalar una cuestión que tiene que ver con nosotros: a fuerza de quererlo todo, se pierde a veces en todos los planos. Por ello, deseo instaurar una dirección estratégica que determine y proponga al presidente de la República qué luchas debemos priorizar para preservar el papel de Francia en las grandes organizaciones multilaterales.

Pero lo que podemos y debemos inventar es un método nuevo que incluya a los Estados y las organizaciones internacionales, y también a las entidades territoriales, las ONG y la empresa privada.

Es lo que quiso hacer el presidente de la República durante el G7: incluyó a la sociedad civil e invitó a terceros países. Ya saben cuál ha sido el resultado.
Este método ya lo aplicamos el año pasado en el Foro de París sobre la Paz. La segunda edición tendrá lugar este año y les va a volver a movilizar, nos va a volver a movilizar, para que esta gran idea tenga una traducción a largo plazo.

Para defender esta visión del mundo y estas prioridades, este año hemos lanzado con Heiko Maas, ministro alemán de Asuntos Exteriores, una Alianza por el Multilateralismo que se reunirá por primera vez a nivel ministerial en Nueva York a finales de septiembre, con una triple ambición: compensar, reformar e impulsar. Compensar el insuficiente compromiso de los Estados; reformar y modernizar las instituciones (porque las Naciones Unidas se pueden mejorar y debemos adaptar las herramientas multilaterales a los desafíos contemporáneos); e impulsar iniciativas fuertes, en especial allí donde la gobernanza no existe o escasea.

La Alianza cuenta con un «núcleo duro» alrededor de Francia y Alemania, que llevan la iniciativa, núcleo duro que, junto a Japón, Canadá, Gana, Chile y otros países, pretende defender iniciativas basadas en coaliciones modulares, abiertas a los socios no estatales. En la práctica, hace años que aprendimos a trabajar con los socios con buena voluntad, con resultados reales. Con la Alianza, queremos afirmar que esta manera de trabajar juntos no sólo es un método de trabajo, sino también, y por supuesto, una opción de marcado carácter político: la opción de la cooperación, el humanismo y el progreso.

Este multilateralismo reinventado, este multilateralismo de coalición que congrega a todas las potencias y democracias con buena voluntad es imprescindible para que nos dotemos de la capacidad para responder a las grandes problemáticas actuales.

En primer lugar, debemos actuar para preservar la OMC, es decir, para reformarla.
Como saben, la organización no cuenta con los instrumentos necesarios para responder a las distorsiones de la competencia mundial que se dan hoy en día, no está más que a unos meses de que su funcionamiento se vea totalmente paralizado debido a la inexistencia, para entonces, de su órgano de apelación. Saben como yo sé que la guerra comercial se ha instalado con el intercambio de medidas unilaterales que alcanzan ya el ámbito tecnológico y el monetario. Y, con esta coyuntura, nos enfrentamos a un triple desafío.

Primero, mostrar a nuestros conciudadanos que nuestra política comercial es capaz de responder a todas sus aspiraciones en términos de equidad y consideración de las cuestiones relativas al desarrollo sostenible. Los debates sobre el CETA han demostrado que esta cuestión es fundamental. Si no se hace, el riesgo de repliegue, el riesgo de que unos se cierren a otros, se hará realidad.

El segundo de estos desafíos es el hecho de que resulta imprescindible defender nuestros intereses ante medidas unilaterales y prácticas comerciales desleales, ya se trate de derechos aduaneros impuestos de manera ilegal o de concesiones de protección y de subvenciones a las empresas que compiten con las nuestras. Una vez más, lo que debemos garantizar cada día es la unidad europea, sin olvidar el hecho de que la relación de fuerzas también forma parte de nuestro arsenal.

Por último, el tercer desafío relacionado con la necesaria reforma de la OMC consiste en modernizar el sistema comercial para tener en cuenta los retos del siglo XXI, entre los que figuran en primera línea la lucha contra el cambio climático y todas las prácticas desleales, sean del tipo que sean. Sin duda alguna, ésta es también la única manera de acabar convenciendo a Estados Unidos y a China de que a todos nos interesa hallar una solución multilateral a las diferencias comerciales, que les permitiría resolver sus tensiones en un sistema multilateral renovado.

El otro desafío que exige la impulsión de nuevas formas de multilateralismo atañe al clima y al medioambiente. Se acercan algunas grandes citas, como la reunión de la cumbre sobre el clima, que se celebrará el 23 de septiembre en Nueva York, a iniciativa del secretario general de las Naciones Unidas. Habrá más: la COP25, seguida del Congreso Mundial de la Naturaleza, que se celebrará en Marsella en 2020, antes de la COP15, que tendrá lugar en China. Debemos movilizarnos y el Ministerio, en su conjunto, debe considerar que éstas son necesidades importantes, fundamentales para nosotros. En cualquier caso, por mi parte, pretendo implicarme personalmente. Añado además que, durante el G7 que acaba de finalizar, han demostrado, hemos demostrado, que este Ministerio sabe reaccionar con urgencia para permitir al presidente de la República reunir una gran coalición de buenas voluntades internacionales para apoyar a nuestros socios con el fin de salvar la Amazonia.

Otra prioridad del nuevo multilateralismo son dos bienes comunes, la salud y la educación.

El próximo mes de octubre se celebrará en Lyon la Conferencia de Reposición de Recursos del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria. Será un momento de extrema importancia para nosotros, tal y como les dijo el presidente de la República el pasado martes.

En cuanto a la educación, es un tema central de los desafíos de desarrollo. Francia ha recobrado toda su credibilidad a este respecto, entre otras cosas, con una reinversión importantísima de 200 millones de euros en el encuentro de Dakar, inversión deseada por el presidente de la República en la Alianza Mundial para la Educación. La mejor prueba de ello es que la Alianza Mundial para la Educación ha decidido transferir una parte significativa de sus oficinas operativas a París.
Por último, otro desafío de primer orden para el multilateralismo del siglo XXI es la obtención de una mejor regulación del universo digital.

La transformación digital es hoy uno de los factores clave que definen el nuevo orden mundial. Ya se trate de amenazas para la estabilidad y la seguridad del ciberespacio, de las nuevas estrategias de los terroristas, de la carrera hacia la hegemonía en inteligencia artificial, de las pretensiones de algunas empresas que quieren crear una moneda mundial, de nuevas capacidades de injerencia o de las aspiraciones de la sociedad civil, del acceso a la educación y la cultura o de la soberanía económica, nunca antes habían sido tantos los desafíos, nunca antes habían estado tan desequilibradas las relaciones de fuerza ni habían sido tan diversos los actores.
Hemos empezado a sentar bases con la revisión estratégica de ciberdefensa, la estrategia internacional digital de Francia, el llamamiento de París sobre estabilidad en el ciberespacio, el llamamiento de Christchurch y las iniciativas sobre inteligencia artificial. Todo ello es absolutamente determinante, porque el universo digital se ha convertido en un nuevo espacio de enfrentamiento al igual que en un nuevo espacio de oportunidades.

Nuestro objetivo es claro: no dejar que se nos encierre en una lógica meramente binaria donde habría que elegir entre un modelo libertario basado únicamente en la apología de la desregulación, que disimula bastante mal la subyacente ley de la jungla, y un modelo autoritario donde la única prioridad es atacar, vigilar y castigar, en detrimento de las libertades públicas. Una tercera vía es posible y debemos construirla juntos, desde este nuevo multilateralismo, con las Naciones Unidas, los Estados, las empresas, la sociedad civil, estableciendo coaliciones ad hoc para crear una dinámica también en este contexto.

Y, por supuesto, sin olvidar los retos de atractivo de Francia para los responsables de la toma de decisiones económicas internacionales que se ven afectados por los mismos.

Más allá de los grandes desafíos, este mismo razonamiento es extrapolable a las crisis que azotan al mundo actual, en particular en Oriente Próximo, exigiendo todas ellas una actuación decidida en el contexto de un multilateralismo que sabe tomar riesgos y tiene arrojo para actuar.

No podemos limitarnos a ser meros espectadores, porque Europa está en primera línea de estas crisis, que representan una amenaza directa para sus intereses de seguridad; porque Francia tiene una responsabilidad particular y debe actuar, en especial debido a nuestro asiento como miembro permanente del Consejo de Seguridad; y, también, en nombre del principio de humanidad, de ese humanismo europeo del que hablé al empezar.

También en relación con esto, en cuestión de multilateralismos de coalición relacionados con crisis, la estabilización de Libia es fundamental para contener el riesgo que representa el terrorismo y gestionar los fenómenos migratorios en el Mediterráneo de la mejor manera posible y con humanidad. Francia ha estado en primera línea de los esfuerzos que han conducido a la tregua del Eid al-Adha el pasado mes de agosto, después de meses de enfrentamientos continuos. La tregua fue breve pero no pensamos abandonar, porque el G7 ha marcado el camino que debemos seguir estas próximas semanas.

Primero, la tregua debe dar lugar a un alto el fuego duradero. Resulta necesario para posibilitar el hallazgo de una solución política, la única que podrá garantizar la estabilidad. La mejor forma de avanzar es organizando sin demora una conferencia internacional que congregue a todas las partes interesadas y a los actores regionales que corresponda y avanzar en lo que se refiere a una conferencia entre libios. Este plan global reunido en cuatro puntos alrededor de la reunión del G7 lo lleva el representante especial de las Naciones Unidas y concita un amplio apoyo de la Unión Africana. Por tanto, resulta importante que pueda prosperar un multilateralismo específico siguiendo esta lógica, la única que puede culminar en una solución de paz.

En Siria, nuestra prioridad sigue siendo la lucha contra el terrorismo. Les recuerdo hoy aquí que la amenaza que representa Dáesh no ha desaparecido. Ahora es más difusa, menos tangible, pero sigue estando ahí y, por ello, mantenemos nuestra presencia militar. Para que nuestros éxitos militares duren en el tiempo, también debemos actuar para estabilizar los territorios liberados del dominio de Dáesh, reimpulsar el proceso político y solucionar la cuestión de Idlib. Las operaciones militares que se están desarrollando allí son particularmente preocupantes actualmente y quería recordar aquí que todos debemos proteger a los civiles y los trabajadores humanitarios. El presidente de la República Francesa habló de estas cuestiones con el presidente Putin, también aprovechó para recordar que no puede haber impunidad en la materia. Las Naciones Unidas, su secretario general y, sobre todo, su enviado especial, tienen que desempeñar un papel clave para que se reanude el proceso político de acuerdo con las exigencias dispuestas en la resolución 2254 del Consejo de Seguridad. Y estas iniciativas cuentan con toda nuestra confianza.

Por último, en Yemen, el conflicto que sigue azotando el país no tiene ninguna posibilidad de responder a las preocupaciones de los beligerantes. Los inaceptables ataques contra territorio saudí se producen ahora casi a diario. Y el que prosigan las hostilidades no hace sino agravar el desastre humanitario que sufren los civiles y contribuir a la fragmentación del país, tal y como demuestran los recientes combates en Aden y las tendencias secesionistas del sur del país.

Por primera vez desde hace mucho tiempo, el anuncio de una retirada militar emiratí abre una ventana para salir de la crisis. Debemos aprovechar esta oportunidad para reanudar el proceso político. La iniciativa de apaciguamiento regional de la que he hablado en el caso de Irán también pasa por Yemen. La prioridad debe ser la reanudación del proceso político llevado a cabo bajo los auspicios de las Naciones Unidas, proceso en el que todas las partes de la sociedad yemení están implicadas.

En lo que se refiere a Ucrania, hay una ventana de oportunidad sin precedentes: estamos ante un presidente ucraniano que quiere la paz, que tiene el respaldo político necesario para imponer decisiones difíciles, que ha hecho gestos, y un Vladimir Putin que, por su parte, manifestó un «optimismo prudente» al presidente de la República Francesa la semana pasada en Brégançon. Hoy estamos en una situación que nos permitirá organizar una cumbre en formato Normandía en las próximas semanas, porque no tenemos que dejar pasar esta oportunidad de lograr avances concretos.

Y puesto que hablamos de las crisis importantes del momento, no olvido aquellas que se están produciendo en África y que captan gran parte de mi atención y de la atención del presidente de la República. Ya he hablado del Sahel, pero también hay que hablar de la República Centroafricana, donde el desafío consiste en implementar el acuerdo de paz celebrado hace algo más de seis meses; de la RDC, donde la situación sigue siendo frágil a pesar de que se hayan producido algunos avances, como la transición democrática gracias a la elección del presidente Tshisekedi. También de Sudán, donde ya se ha tomado la senda para salir de la crisis tras la caída de Omar Al-Bashir, el establecimiento de nuevas autoridades políticas, en particular el de un primer ministro civil esperando a que se instaure un gobierno. Francia deberá estar ahí para ayudar en este cambio positivo. Lo hace apoyándose en las organizaciones africanas y, naturalmente, la primera de ellas es la Unión Africana, con la que firmé, hace unas semanas y en nombre de Francia, la primera asociación estratégica.

También querría decir unas palabras acerca de Argelia. Dados los profundos lazos que nos unen a este país, Francia sólo desea que los argelinos encuentren juntos el camino que les lleve a una transición democrática. Se lo dije a mi homólogo argelino en paralelo a la Cumbre de las Dos Orillas. Confiamos en el espíritu de responsabilidad, civismo y dignidad que predomina desde el principio de las manifestaciones. Y estamos alertas para que este espíritu pueda seguir expresándose de manera pacífica, respetando la libertad de expresión y de manifestación. La solución es el diálogo democrático. En estos momentos históricos, permaneceremos junto a Argelia y los argelinos, desde el respeto y la amistad que presiden nuestra relación.

Este pragmatismo que reivindicamos en la construcción del multilateralismo también cabe en la zona indo-pacífica.

En esta región también debe regularse la competición: la competición política, económica, la competición de influencia, en particular la china. El pasado mes de abril participé en la segunda conferencia sobre las Rutas de la Seda. Recordé que dichas rutas, como todas las rutas, deben ser de doble sentido. Recordé que los proyectos deben ser transparentes, que las normas sociales, medioambientales y de sostenibilidad financiera deben cumplirse plenamente. Puede que se nos haya escuchado. En cualquier caso, Francia desea que podamos seguir dialogando de manera constructiva en este contexto, exigiendo pero confiando, lo demostramos en Osaka con un compromiso común específico sobre el clima.

Nuestra visión del Indo-Pacífico es inclusiva. En los últimos viajes realizados por el presidente de la República o por mí mismo a India, a Japón, y en los próximos viajes a Australia, debemos reforzar nuestras alianzas estratégicas y destacar la convergencia de nuestras estrategias en el Indo-Pacífico. Y debemos avanzar con decisión en tres pilares prioritarios, que, por otra parte, figuran entre las prioridades mencionadas por el presidente de la República el pasado martes: seguridad marítima, medioambiente y clima y desarrollo de infraestructuras de calidad. Les animo a seguir reflexionando, trabajando y proponiendo para ampliar esta área de trabajo e identificar proyectos concretos, también en el Pacífico Sur, adonde se desplazará el presidente en 2020.

Creo que a lo largo del año que viene deberíamos poder implementar la estrategia de Francia en el eje indo-pacífico en toda su globalidad pero también en toda su diversidad.

Por último, y éste es el tercer punto, ante una competición generalizada que está reconfigurando nuestro mundo y que no se reduce ya sino a sus dimensiones políticas, estratégicas y económicas, también debemos considerar lo que llamo los nuevos atributos de la potencia.

¿Cuáles son las nuevas batallas que debemos librar? La batalla de la cultura, la batalla de la información y la batalla del desarrollo.

Sí, cada vez estoy más convencido de ello: la cultura, la información y el desarrollo son los nuevos atributos de la potencia y así es como debemos representarlos y manejarlos si queremos seguir teniendo peso en la escena internacional. Ya no existe el «soft power», estamos ante un omnipresente «hard power». Y cada vez debemos hacernos esa pregunta, nos la hicimos ayer a puerta cerrada, ¿cómo transformar en una ventaja competitiva ese «deseo de Francia» que observamos?
Lo que está en juego hoy es una lucha que enfrenta valores y modelos. Lo que sale a relucir es un cuestionamiento, a veces brutal, de lo que funda nuestras sociedades desde el Siglo de las Luces, con el peligro de que se generalice el relativismo y, por ende, se cuestionen los principios fundamentales de las normas jurídicas. Todo esto, acompañado del peligro de que prolifere la radicalización, la instrumentalización de la cultura y la religión, el repliegue sobre uno mismo.

Ante esto, debemos atrevernos a seguir creyendo en lo que somos y a promover nuestros principios en la escena internacional. Me gusta mucho esta frase, que se suele atribuir a Edgar Faure, no estoy seguro de que sea suya y él no está aquí para confirmarlo, y que reza: «Afirmar que los derechos humanos son un invento occidental significa negar la unidad de la humanidad». En cualquier caso, esta frase se corresponde con lo que el presidente dijo el martes cuando recordó que el espíritu francés, con el espíritu de resistencia, consiste en aspirar a la universalidad. En la tormenta, es este humanismo europeo el que nos guía.
Por ello debemos consolidar nuestros instrumentos de diplomacia de influencia, que son parte integrante de nuestra política exterior.

Me refiero, en primer lugar, a la reforma de la educación francesa en el extranjero. El presidente de la República insistió en ello el martes: esta cuestión, puesto que en ella confluyen nuestras políticas de desarrollo y de proyección cultural y lingüística, es central en nuestra política de influencia. Y es un servicio público fundamental para nuestros compatriotas del extranjero. Lo digo delante de varios diputados que les representan y saben mejor que nadie la importancia estratégica que supone para nuestro país disponer de una educación francesa en el extranjero eficaz en una coyuntura de competencia exacerbada.

El presidente de la República Francesa marcó el rumbo que seguir: duplicar el número de alumnos de los liceos y escuelas de aquí a 2030, es decir, ¡superar los 700 000 matriculados! Vamos a alcanzar este objetivo muy ambicioso sin dejar de mantener lo que confiere la excelencia al sistema francés, su pilar fundacional: los valores de la educación «a la francesa», su capital humano y su modelo pedagógico. Con este espíritu, he trabajado con Jean-Michel Blanquer en el plan de desarrollo de la educación francesa en el extranjero.

En los próximos días tendré ocasión de retomar públicamente y en detalle esta cuestión junto con Jean-Baptiste Lemoyne. Pero hoy querría poner el foco en tres dimensiones principales de este plan de desarrollo.

La primera, tener más alumnos en condiciones atractivas y, para ello, vamos a ampliar el círculo de socios, yendo más allá de los centros homologados actualmente.

Para ello, deseo que movilicen a inversores, asociaciones, centros que les ayuden a consolidar la oferta francesa, teniendo en cuenta la diversidad de las situaciones en las que se encuentran. Sabiendo que, aunque se simplifiquen los procedimientos, la homologación expedida por el Ministerio de Educación Nacional seguirá siendo exigente con el fin de mantener esta excelencia, que es la marca de la educación francesa en el extranjero. Ya contamos con experiencias en algunos países, incluso en Brasil. Viajé a Brasil hace unos días y, con el patrocinio de Rai, todos ustedes conocerán al exfutbolista del Paris Saint-Germain, lanzamos este gran proyecto para poder duplicar el número de alumnos en São Paulo. Este gran éxito demuestra además que a veces destacamos el valor de Brasil.

Además vamos a multiplicar el número de profesores.
Celebro la decisión de Jean-Michel Blanquer, que en los próximos años quiere enviar al extranjero a mil funcionarios más para encargarse de la enseñanza del francés en el exterior. Pero también deberán movilizarse los recursos locales, en colaboración con los centros de formación y de educación superior. Estos círculos virtuosos ya funcionan en algunos países, como el que acabo de mencionar, y también en Marruecos, el Líbano, México y otros muchos. Y, por supuesto, no faltará calidad. El presidente de la República lo ha recordado: la clave es la formación del personal educativo. La creación de un master especializado contribuirá a ello.

Por último, a este respecto, conseguiremos los medios acordes con nuestras ambiciones.
Como he solicitado, la Agencia para la Enseñanza Francesa en el Extranjero, columna vertebral de nuestra oferta de enseñanza en el mundo, dispondrá de 25 millones de euros adicionales ya en 2020.

Tratándose de la reforma de la AEFE, también quiero decir que, tal y como se comprometió el Estado, el nivel de participación de las familias a los gastos de escolaridad, que tuvo que incrementarse en 2017, volverá a los niveles de 2016.
En estas cuestiones, también quiero rendir homenaje a su movilización gracias a la cual vamos a poder abrir campus universitarios en varios países el próximo curso en colaboración con las universidades locales. Me refiero, por ejemplo, al campus universitario franco-senegalés en Dakar, que responde a un compromiso que el presidente tomó en Uagadugu, me refiero al hub franco-costamarfileño para la educación, que he tenido ocasión de visitar y valorar in situ el pasado mes de octubre, o a la universidad franco-tunecina para África y el Mediterráneo de Túnez. Porque permiten proyectar la excelencia francesa entre los estudiantes de dichos países, estos centros se enmarcan perfectamente en la lógica de la estrategia que recordó ayer el primer ministro.

Entre las herramientas de las que disponemos para librar la batalla de la influencia, también figuran todos los medios de promoción de intercambios culturales, con las temporadas cruzadas y la temporada África 2020. Hemos querido que la temporada África 2020 permita cambiar la visión que se tiene y, retomando una expresión empleada por el presidente de la República el pasado 15 de agosto, comprender mejor «la parte de África que llevamos dentro». Estoy seguro de que será uno de los momentos álgidos del año que viene.

Pero, de manera más general, pienso en todas las formas de fomentar el diálogo con la sociedad civil. Una página web nunca suplirá la riqueza de los contactos que sus equipos y ustedes mismos logran tejer con ella, los contactos que les permiten captar, desde el trabajo de campo, las nuevas tendencias que recorren la sociedad y entender algo del humor cambiante del mundo en todo el globo gracias a nuestra red universal. Deseo que puedan seguir dedicándose plenamente a estos contactos con la sociedad civil haciendo especial hincapié en los jóvenes, cuestión que a mi entender ya salió en las conversaciones de ayer a puerta cerrada.

Por supuesto, creo que es necesario acompañar a las industrias culturales y creativas francesas en la gran aventura de la exportación, tal y como hemos hablado esta mañana. Ésta será una de nuestras grandes prioridades del año.
No voy a volver a hablar de la reforma de nuestro dispositivo de apoyo a la exportación, ya hablé mucho de ello el año pasado, salvo para decirles que se está implementando plenamente, tanto en Francia como en sus países de destino. El primer ministro lo recordó ayer y aunque aún sea demasiado pronto para hacer un balance exhaustivo, los primeros resultados ya están ahí: un aumento del 6 % de las exportaciones en el primer semestre de 2019 con respecto al primer semestre de 2018, miro a Jean-Baptiste Lemoyne, que me lo confirma, y les animamos a seguir así. Querría aplaudir a todos aquellos que han permitido que esta reforma, algo temida, pudiera implementarse en las mejores condiciones posibles, en especial la labor de Business France y el BPI.

Otra batalla de la influencia que debe movilizar nuestra energía: la batalla de la información, cuya manipulación, sea del tipo que sea, es una manifestación desviada de una competición cultural que falsea las reglas, tergiversa los hechos y mina el trabajo diplomático. Frente a estas derivas, no estamos abocados a la impotencia. Ha llegado la hora de reaccionar y de armarnos ante ellas.

Primero, profesionalizándonos. Bajo la égida del embajador de desarrollo digital, con la ayuda de la DSI, debemos diseñar e implementar soluciones agiles para detectar campañas de manipulación. También debemos establecer una organización de respuesta internacional con una mayor capacidad de reacción, en colaboración con nuestros socios interministeriales. En especial, quiero desarrollar una estrategia de comunicación ambiciosa para con África, tanto por una mejor valorización de nuestras acciones como por una mejor lucha contra las noticias falsas. Ante las campañas de denigración, ante el contra-relato francés, no podemos permitirnos quedarnos de brazos cruzados.

Y también debemos luchar siguiendo la misma lógica de influencia para contar con un sector audiovisual exterior poderoso al servicio de información objetiva y de calidad. He defendido esta preocupación en el plano interministerial en el contexto de la reforma en curso del sector audiovisual público. Defendiendo que el sector audiovisual exterior es una cuestión estratégica que debemos tener en plena consideración en nuestra política exterior.

Por último, tercera batalla de la competición internacional: la batalla del desarrollo.
El año pasado anunciamos una ley de programación sobre desarrollo. Mantenemos el rumbo, tal y como recordó el presidente. El desarrollo es fundamental para acompañar a nuestros socios africanos principalmente. También es un importante motor de influencia. Y un elemento de la competición mundial. De hecho, vemos que cada vez son más los actores mundiales que se implican con normas variables y exigencias en términos de corrupción, distintas de las nuestras, cuando no se comportan como predadores.

Nuestra política de desarrollo es una política que responde muy directamente a los intereses de Francia, tal y como demuestran las prioridades que nos hemos fijado: sobre la prevención de las crisis, la lucha contra los efectos del cambio climático, la promoción de la igualdad entre hombres y mujeres, la lucha contra las epidemias. Pero debemos poder ganar en eficacia y, para ello, hemos elegido poner nuestro esfuerzo allí donde resulta de mayor utilidad: los países prioritarios, en particular en África, y las zonas frágiles.

Para ello debemos disponer de medios suficientes. Desde hace dos años seguimos una dinámica ascendente. Hemos retomado una tendencia ascendente constante. Dicha tendencia proseguirá, el objetivo es que la Ayuda Oficial al Desarrollo alcance el 0,55 % de la RNB en 2022 y en esta ambición relacionada con el desarrollo, la Agencia Francesa de Desarrollo, que este año cuenta con más de 1500 millones de euros autorizados para su inversión, seguirá ocupando el lugar que le corresponde, haciendo especial hincapié en los aspectos bilaterales y en las donaciones totalmente imprescindibles en los 18 países prioritarios que seleccionamos en 2018, tal y como se solicitó. Deseo que puedan implicarse personalmente en el seguimiento de los proyectos que la AFD implementa, teniendo siempre en mente que la AFD también es una herramienta de influencia.

También velo por que se refuercen los recursos del Ministerio en los ámbitos que resultan fundamentales para acciones que han mostrado aportar un valor añadido. Por ejemplo, la ayuda humanitaria, respetando así el compromiso del presidente de asignarle 100 millones de euros más a partir del año que viene. También los medios, que se han incrementado, que facilitamos a las representaciones diplomáticas a través del Fondo de Solidaridad para Proyectos Innovadores (FSPi), que seguirán aumentando hasta los 60 millones de euros del año que viene, frente a los 36 millones de euros de este año. Sé que estos programas son eficaces a la hora de ayudarles en su trabajo. Son totalmente conformes con los compromisos de Uagadugu y perfectamente complementarios a la labor de la AFD. Están en su mano, espero de ustedes que puedan hacerse con ellos plenamente.

Siguiendo con lo hablado ayer, querría concluir este punto especificando que, naturalmente, los embajadores deben liderar una labor de mejora de la organización local de la ayuda al desarrollo. Debe haber una sola estrategia de desarrollo francesa por país. Se tomarán medidas importantes a este respecto, conformes a las recomendaciones de la misión de inspección solicitada por el primer ministro.
En toda esta batalla de influencia, detrás de cada acción, detrás de cada herramienta que creamos, debemos hacernos una pregunta sencilla: ¿estamos preparando la próxima generación de aquellos que amarán y sentirán apego por Francia? Porque, en este ámbito, al igual que en otros, contentarnos con reproducir las mismas recetas significa condenarnos al declive: lo que hace un rato he llamado «deseo de Francia» corre el riesgo de transformarse, como decíamos ayer, en un «hastío de Francia». Hay que preparar el relevo. En muchos países vamos adelantados pero, de alguna manera, contamos con habituales. Pero mañana... ¿qué sucederá mañana? En ocasiones, el imaginario de las nuevas generaciones ha dejado de ser francés.

Por ello, lo he repetido hace un momento, resulta crucial que busquemos a los jóvenes desde hoy, incluso saliendo de nuestras cuatro paredes, y replanteándonos algunas de nuestras costumbres.

Ven pues la importancia que atribuyo a estas cuestiones, mi grado de determinación para que nuestro modelo cambie. Por ello, querría poder idear una hoja de ruta global sobre nuestra política de influencia. Es responsabilidad mía.

Señores Embajadores, señoras Embajadoras,

Ante todos estos desafíos, nuestro Ministerio debe seguir siendo ágil, imaginativo y, como diría el presidente de la República Francesa, audaz.

La pregunta es sencilla: ¿cómo podemos organizarnos para ganar en agilidad y en eficacia?

En primer lugar, hacen falta medios. Los tendremos en 2020. En cuanto a la misión relativa a la acción exterior del Estado, se han vuelto a conceder los fondos e incluso se han incrementado.

Cabe subrayar algunos cambios positivos, con una integración reforzada de los efectos de la inflación mundial sobre la remuneración de nuestros agentes y los gastos de funcionamiento de los puestos en la programación presupuestaria, al igual que una movilización automática de la reserva de precaución para la cobertura de posibles pérdidas derivadas del cambio de divisas.

En lo que se refiere a la Ayuda Oficial al Desarrollo, en 2020 los recursos del programa 209 aumentarán por lo menos en 130 millones de euros, haciendo un esfuerzo consecuente en beneficio de las ONG, por ejemplo. La orientación que ya he definido, consistente en reequilibrar nuestras herramientas de ayuda oficial al desarrollo en beneficio de los instrumentos de los que dispone directamente la red diplomática se traducirá en un aumento de la ayuda humanitaria y los FSPi de los que he hablado anteriormente.

Además, nos hace falta una mejor responsabilización de los actores clave de nuestro Ministerio.

Atribuyo gran importancia al liderazgo del COMEX, que posibilita que los directores correspondientes me tengan plenamente informado para que pueda arbitrar después en las grandes cuestiones y marcar el rumbo. Confío plenamente en el nuevo secretario general para seguir convirtiéndolo en un foro eficaz y operativo, en colaboración con mi gabinete.

También quiero un estrecho liderazgo de nuestros operadores. Ustedes lo harán en las representaciones diplomáticas, como he dicho. Y lo haré en París. Esto es coherente con el importante volumen de medios concedidos y nuestra voluntad de reforzar la coherencia de nuestras intervenciones.

Lo que también necesitamos, a nivel interno, es más paridad, más justicia y más claridad.

Tenemos que ir más lejos en la implementación, en el propio Ministerio, de mi compromiso en favor de una diplomacia decididamente feminista. Por ello, cuento con lanzar un plan completo por la paridad. Agnès von der Muhll ha aceptado ser nuestra nueva alta funcionaria de Igualdad. Contará con una responsable de misión que la asistirá a tiempo completo para preparar, seguir, implementar y evaluar el plan cada año.

Se realizan importantes esfuerzos desde hace unos años. En cinco años, el número de embajadoras se ha quintuplicado. Después de los cambios de 2019, actualmente son 45 en total, también en las representaciones diplomáticas más importantes. Todavía hay camino que recorrer, pero ya hemos empezado y velaré personalmente por que se avance desde una lógica de tranquilidad puesto que de otra manera, no se avanzaría.

No cumpliremos con este compromiso concentrándonos únicamente en las promociones al puesto de embajador y director. Debemos apegarnos a favorecer la igualdad en cada etapa de la cadena de selección y promoción de personal, en especial velando por que haya candidatos de ambos sexos entre los seleccionados para reforzar la paridad en las canteras desde el mismo momento de la incorporación al Ministerio y a lo largo de la carrera profesional.

También pretendo reforzar nuestras acciones contra el acoso sexual y ampliar nuestro dispositivo contra el acoso moral, cuestión difícil en la que todavía tenemos que mejorar. Se ha creado una unidad con la que se puede contactar a través de un número único. Deseo dotarla de mayores recursos y procederé muy pronto a una primera auditoría.

Sobre la cuestión de la gestión de las carreras, deseo que la directora general de Administración y Modernización, bajo la autoridad del secretario general, proponga vías de trabajo ambiciosas para mejorar la situación: en especial la constitución de canteras de embajadores noveles, la profesionalización de los paneles, balances de competencias más sistemáticos, consideración de las evaluaciones de 360° en la gestión de las carreras profesionales y los nombramientos, la implementación de una verdadera herramienta de reconversión de los altos cargos y una política voluntarista de movilidad cruzada. La nueva directora tendrá trabajo.

En lo relativo a lo digital, reto capital de nuestra diplomacia que he mencionado antes cuando hablaba del multilateralismo, deseo que estemos a la altura y que sigamos mejorando alrededor de cuatro ejes. En primer lugar, las grandes direcciones correspondientes deben organizarse mejor para responder a la importancia de los retos digitales. Después, tenemos que contar con un sector de excelencia en este ámbito para atraer, formar y conservar verdaderos ciberdiplomáticos, lo que deberá pasar por realizar intercambios de personal con otros ministerios. También deseo que se cree un comité director de desarrollo digital, presidido por usted mismo, señor secretario general, y cuya secretaría corra a cargo del embajador de desarrollo digital. Por último, debemos organizarnos mejor para dirigir los grandes trabajos de nuestra propia transformación digital, por ello he decidido transformar la Dirección de Sistemas de Información en dirección de desarrollo digital desde este mismo año.

Otra senda de trabajo importante a mi entender: la reforma de la función jurídica y la modernización consular.

La creciente judicialización de las relaciones internacionales y el conjunto de nuestras actividades conduce a una interacción constante no sólo entre el derecho y la acción diplomática, sino también entre el derecho y la gestión del Ministerio. Anuncié hace un año un esfuerzo para reforzar la función jurídica en el Ministerio. De esta manera, se celebra una reunión mensual de un comité director de asuntos jurídicos, que contribuye a la coordinación de la gestión de dichas cuestiones. Pero deseo que vayamos más allá, reforzando aún más la coordinación entre nuestros servicios en este ámbito.

Por último, la implementación de la ley por un Estado al servicio de una sociedad de confianza (la ley ESSOC) fija un marco para nuestros esfuerzos de modernización que tienden a mejorar los servicios prestados a los usuarios y a favorecer su accesibilidad. Por ello, seguiré con gran atención cuatro proyectos estrella: el voto por internet en las elecciones consulares y legislativas, la implementación de France-visas, la desmaterialización del registro civil de los franceses nacidos en el extranjero y la experimentación con vistas al lanzamiento de la plataforma mundial de respuesta telefónica y mensajería electrónica, que incluirá un centro de atención telefónica consular único. Sé que estos proyectos no carecen de riesgos pero intentaremos controlarlos plenamente porque son fundamentales para adaptarnos a las necesidades de nuestros conciudadanos, cuya movilidad internacional sigue incrementándose.

Por último, para dar mejor a conocer a los franceses la realidad de nuestra profesión, y digo «nuestra» porque me siento parte de ella, también he querido que nuestro Ministerio esté más abierto al exterior. Éste es el sentido de la creación de un Colegio de Altos Estudios del Instituto Diplomático (CHEID), donde cada promoción contará con personalidades del mundo del periodismo, la política, las esferas económicas u otras administraciones. Atribuyo especial importancia a esta iniciativa, porque la eficacia y la legitimidad de nuestra acción dependen también de la manera en la que logramos que el gran público las conozca. Es más difícil para nosotros debido a nuestras misiones, pero no hay que distinguir entre el panorama nacional y el panorama internacional, tal y como nos recordó ayer el primer ministro.

Señores Embajadores, señoras Embajadoras, esto es lo que quería transmitirles.
Vivimos una época que no es ni la de la incertidumbre, ni la de la fatalidad. Estamos experimentando la recomposición del mundo y Francia, potencia de equilibrio, debe participar en ella como le corresponde. Desde sus funciones, están en primera línea para contribuir en ello. Lo habrán entendido, éste es el meollo del mensaje que les he venido a trasladar hoy aquí.

También quiero manifestarles lo orgulloso que estoy de liderar esta gran casa, junto a Amélie de Montchalin y Jean-Baptiste Lemoyne. Y expresarles mi reconocimiento: en todos los continentes, ustedes son el rostro de Francia, ustedes defienden sus intereses con un grado de competencia y entrega que honra a nuestro país y a nuestros conciudadanos.

Tengan por seguro que siempre podrán contar con mi apoyo en el ejercicio de las exigentes funciones que asumen.

Y como no puedo evitar acabar con una cita, me permito recurrir a Danton: «De l’audace, encore de l’audace, toujours de l’audace !»./.

Dernière modification : 13/09/2019

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